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Con ojos de mujer

Me planteo una nueva andadura en estas lides, cuando me solicitan mostrar mi punto de vista sobre mi ciudad, desde una visión femenina, aducen. Una visión diferente, una historia diferente, un sentir diferente, pero tan semejante. Pues, ¿qué diferencia puede haber entre una visión masculina y una femenina sobre la ciudad y sus problemas?

A priori podríamos decir que ninguna, aunque planteando nuevamente la pregunta, quizás esa respuesta queda obsoleta en el mismo momento de pronunciarla.

Mi ciudad, El Puerto de Santa María, vista con los ojos de una mujer entraña diferencias respecto a la que ven los ojos de un hombre. ¿Seguro? ¿Cuál es la diferencia? ¿Qué ve uno que la otra no ve, o viceversa?
Creo que la visión es la misma, solo la cambia el pensamiento que enfoca esa mirada, y al final personas, sexos, género, parecen conceptos vacíos de contenido al mirar las necesidades de la ciudad y el estado en el que se encuentra.

Acudo entonces a enfocar mi mirada desde la óptica del movimiento vecinal, un concepto que todos creen conocer, pese a que nadie se plantea ni define.

El movimiento vecinal lo forman personas que voluntariamente deciden ofrecer su tiempo al servicio de la ciudad, desempeñan un voluntariado vecinal. Cada cual con sus capacidades, talentos, ideas, y visiones de los problemas o temas de interés que requieren soluciones.

Cuando se habla del movimiento vecinal en femenino surge esa típica imagen de mujer, ama de casa que se introduce en él para salir de su rutina habitual en el hogar y como forma de entretenimiento o evasión. Mujer inculta, no formada, que con su ímpetu y sus ganas se deja arrastrar por lo que otros deciden hacer y reivindicar.

La imagen de la mujer del movimiento vecinal no es, ni por asomo, el reflejo de la realidad. Mujer, vecina, ama de casa, son estereotipos que perduran en el pensamiento colectivo y que adolecen de rigor, pero que provienen de una tradición que pervive hasta nuestros días, por el establecido reparto de tareas que la sociedad ha hecho respecto de las personas que la componen.

Hombres, trabajo fuera del hogar, sustento y relaciones sociales, frente a Mujeres, trabajo en el hogar, sin remuneración ni reconocimiento social.

Quizás en generaciones anteriores esos roles impuestos pudiesen reflejar una realidad que en el siglo XXI para nada se corresponde con el rol que la mujer desarrolla tras siglos de lucha por la igualdad.

El movimiento vecinal ha sido partícipe de esa lucha: Incluyendo a la mujer en su estructura; alzando la voz y reivindicando también su papel y sus necesidades, vistas con los ojos femeninos que le hacen darse cuenta de otras perspectivas posibles ante los mismos problemas; superando las barreras y ocupando cargos directivos con posibilidad de organizar, decidir y ejecutar; marcando la diferencia entre lo que se venía haciendo y otra manera posible de hacer las cosas; y reivindicando las necesidades/problemas que se habían dejado aletargados o relegados, por la visión masculina.

El movimiento vecinal en femenino es una prolongación mas, otra área en la lucha femenina para que la mujer sea escuchada y esté presente en la sociedad plenamente. Un reflejo más de la necesidad de una igualdad real en todos y cada uno de los aspectos y facetas de la vida.

Porque el mundo no es solo lo que corresponde o importa a una mitad de la sociedad; es lo que el conjunto de la sociedad requiere. Mujeres y hombres por igual. Personas al fin y al cabo que comparten reivindicaciones, problemas, etc., pero que no tendrán solución hasta que todas las personas tengan los mismos derechos y obligaciones, sin distinción de raza, sexo, género…, como bien reconoce nuestra legislación nacional y la internacional. Aunque quedan en papel mojado cuando el pensamiento y el sentir de las personas quedan anclados en conceptos que dividen, diferencian o discriminan por una u otra característica.

Se reconoce socialmente la labor de esos hombres que además de su trabajo quitan tiempo de su familia y lo dedican a luchar por mejorar la ciudad. Pero cuan diferente es la imagen de las mujeres que también trabajan y quitan horas a sus familias para solucionar los mismos problemas. Ellas no son reconocidas ni reconocibles, son esas amas de casa, esas vecinas, que acuden a la asociación del barrio a pasar la tarde con otras mujeres.

¡Cómo cambia el escenario! ¡Qué diferentes los ve la sociedad…!

Hombre preparado y comprometido versus mujer sin formación ni implicación social. El hombre reivindica y lucha por la ciudad, pero la mujer sólo pasa el rato con sus congéneres.

Grandes ejemplos de mujer conviven en la ciudad, que han demostrado reiteradamente el papel tan importante de la mujer en el movimiento vecinal pese a todas las trabas impuestas, que han hecho visibles y presentes en el espacio público portuense a la mujer. A muchas aún no se las ha reconocido socialmente, pero siempre estarán en la memoria colectiva del movimiento vecinal, por su trabajo y compromiso.

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